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Causas

La sofística fue un movimiento filosófico de la Grecia clásica, surgido en el siglo V a.C., que se dedicó a enseñar el arte de la retórica y la argumentación. Los sofistas, maestros de la palabra, defendían la idea de que la verdad es relativa y puede variar según las perspectivas y los intereses de cada individuo.

El enfoque relativista  de la Sofística desafiaba las creencias tradicionales y cuestionaba valores fundamentales de la sociedad ateniense, generando tanto admiración como crítica. En su búsqueda de enseñar a persuadir, los sofistas influenciaron la política y el pensamiento de su época, dejando una huella significativa en la historia de la filosofía.

La contribución positiva de los sofistas fue menor comparada con el avance monumental que poco después darían Sócrates, Platón y Aristóteles. La sofística, aunque innovadora en algunos aspectos, se percibió como una amenaza para el pensamiento crítico y el conocimiento objetivo.

1. Causas de Orden Filosófico

El predominio de Atenas también transformó la ciudad en un centro de encuentro para las escuelas filosóficas que anteriormente habían permanecido alejadas de la metrópoli. La convergencia de ideas y el contraste de opiniones en Atenas propiciaron un ambiente relativista, característico de la sofística. La palabra «sofista» (σοφιστής) se usaba en el siglo V en un sentido positivo: Píndaro llamaba sofistas a los poetas, Heródoto utilizaba el término para referirse a los Siete Sabios, Pitágoras y Solón. Sin embargo, desde la Guerra del Peloponeso adquirió un sentido peyorativo, especialmente en las críticas de Aristófanes, Jenofonte, Platón y Aristóteles, quienes resaltaban su habilidad para argumentar a favor y en contra de un mismo tema, su venalidad, vanidad y falsa apariencia de sabiduría.

2. Caracteres Generales

Los sofistas no constituían una escuela filosófica unificada, sino un movimiento con características comunes. Sus rasgos más notables incluyen:

  1. Relativismo: Frente a la búsqueda de principios permanentes, los sofistas enfatizaban la impermanencia y la pluralidad. Nada es fijo o estable; las esencias son variables y contingentes.
  2. Subjetivismo: La verdad es subjetiva y depende de la percepción individual; «el hombre es la medida de todas las cosas.»
  3. Escepticismo: Cuestionaban el valor del conocimiento, adoptando una actitud escéptica sobre la posibilidad de conocer con certeza.
  4. Indiferentismo Moral y Religioso: Si las cosas son como parecen a cada individuo, no existen normas morales o religiosas trascendentes. En el ámbito religioso, los sofistas mostraban indiferencia o ateísmo.
  5. Convencionalismo Jurídico: Defendían la idea de que las leyes no derivaban de la naturaleza ni de los dioses, sino de convenciones humanas. Algunos sofistas, como Trasímaco en La República, defendían que la fuerza era la única ley.
  6. Oportunismo Político: Sin valores absolutos de justicia, todos los medios eran válidos para alcanzar los fines propuestos; la elocuencia podía ser usada para el bien o el mal.
  7. Utilitarismo: En vez de servir al Estado, enseñaban a servir intereses personales mediante el manejo de emociones y pasiones.
  8. Frivolidad Intelectual: Los sofistas, más que filósofos, eran considerados manipuladores de palabras y artificios verbales.
  9. Venalidad: Eran criticados por vender sus lecciones. Platón los llamaba «mercaderes de golosinas del alma.»
  10. Humanismo: Similar a los humanistas del Renacimiento, valoraban la palabra bella sobre el contenido profundo. Sin embargo, su interés por el hombre estaba ligado a la política y los problemas prácticos de la polis.
  11. Finalidad Práctica: La sofística no perseguía el saber especulativo sino la formación de líderes políticos, capacitados para los pleitos y los negocios, sin escrúpulos en los medios empleados.

3. Méritos

  1. Innovación Filosófica: Los sofistas ampliaron el ámbito de la filosofía, que hasta entonces se centraba en la naturaleza, hacia la reflexión sobre problemas humanos. Aunque derivaron hacia el subjetivismo y el escepticismo, contribuyeron a plantear el problema crítico del conocimiento.
  2. Aportes Políticos: Desarrollaron un concepto de ley más universal, subrayando la distinción entre naturaleza (φύσις), ley (νόμος) y pacto (θέσις), y contribuyendo a un enfoque más amplio del derecho.
  3. Educadores: Se presentaban como maestros de sabiduría y virtud cívica. Su ideal pedagógico fue más completo y amplio que la formación tradicional, contribuyendo al desarrollo de la retórica como formación enciclopédica.
  4. Gramática y Retórica: Aportaron refinamiento en el uso del lenguaje y del arte oratorio, aunque su uso desmedido los llevaba al verbalismo. A pesar de los méritos en este ámbito, las críticas sobre su vanidad, venalidad y vacuidad intelectual no deben considerarse exageradas.

Selección de textos de la sofística

“- Hipócrates, aquí presente, estaba muy deseoso de tu compañía. Qué es lo que sacará de provecho, si trata contigo, dice que le gustaría saber. A eso se reduce nuestra petición.
En respuesta, tomó la palabra Protágoras:
– Joven, si me acompañas te sucederá que, cada día que estés conmigo, regresarás a tu casa hecho mejor, y al siguiente, lo mismo. Y cada día, continuamente, progresarás hacia lo mejor. (…) Mi enseñanza es la buena administración de los bienes familiares, de modo que pueda él dirigir óptimamente su casa, y acerca de los asuntos políticos, para que pueda ser él el más capaz de la ciudad, tanto en el obrar como en el decir.
– ¿Entonces, dije yo, te sigo en tu exposición? Me parece, pues, que hablas de la ciencia política y te ofreces a hacer a los hombres buenos ciudadanos.
– Ese mismo es, Sócrates, el programa que yo profeso.
– ¡Qué hermoso objeto científico te has apropiado, Protágoras, si es que lo tienes dominado! (…) Pero
yo eso, Protágoras, no creía que fuera enseñable, y, al decirlo tú ahora, no sé cómo desconfiar. Y por qué no creo que eso sea objeto de enseñanza ni susceptible de previsión de unos hombres para otros, es justo que te lo explique. Yo, de los atenienses, como también de los griegos, afirmo que son sabios. Pues veo que, cuando nos congregamos en la asamblea, siempre que la ciudad debe hacer algo en construcciones públicas se manda llamar a los constructores como consejeros sobre la construcción, y cuando se trata de naves, a los constructores de barcos, y así en todas las demás cosas, que se consideran enseñables y aprendibles. Y si intenta dar su consejo sobre el tema algún otro a quien ellos no reconocen como un profesional, aunque sea muy apuesto y rico y de familia noble, no por ello le aceptan en nada; sino que se burlan y lo abuchean. hasta que se aparta aquel que había intentado hablar (…) Acerca de las cosas que creen que pertenecen a un oficio técnico, se comportan así. Pero cuando se trata de algo que atañe al gobierno de la ciudad y es preciso tomar una decisión, sobre estas cosas aconseja, toman- do la palabra, lo mismo un carpintero que un herrero, un curtidor, un mercader, un navegante, un rico o un pobre, el noble o el de oscuro origen, y a éstos nadie les echa en cara, como a los de antes, que sin aprender en parte alguna y sin haber tenido ningún maestro, intenten luego dar su consejo. Evidentemente, es porque creen que no se trata de algo que puede aprenderse. No sólo parece que la comunidad ciudadana opina así, sino que, en particular, los más sabios y mejores de nuestros ciudadanos.” Platón, Protágoras.

“Extranjero – (…) según parece, la sofistica pertenece a la técnica apropiativa, adquisitiva, y viene a ser una especie de caza que se ocupa de seres vivos, que caminan, terrestres, domésticos, humanos, en forma privada, por un salario, con intercambio de dinero, con apariencia de enseñanza, y que se ejerce sobre jóvenes adinerados y distinguidos” (…) la sofística se ha mostrado, en segundo lugar, como aquella parte de la adquisición, del intercambio, de la técnica mercantil, (…) del comercio del alma que se ocupa de razonamientos y de conocimientos acerca de la perfección.” Platón, Sofista.

“Hace rato que él me dice (Menón), que anhela ese saber y esa virtud gracias a los cuales los hombres
gobiernan bien sus casas y el Estado, se ocupan de sus progenitores y conocen la manera de acoger y
apartar a ciudadanos y extranjeros, tal como es propio de un hombre de bien. En relación, pues, con
esta virtud, considera tú a quiénes habríamos de encomendarlo, para que lo hiciéramos bien. ¿O es
evidente, según lo que acabamos de decir, que a aquellos que prometen ser maestros de virtud y que se
declaran abiertos a cualquiera de los griegos que quiera aprender, habiendo fijado y percibiendo una
remuneración por ello?
ÁNITO – ¿Y quiénes son ésos, Sócrates?
SÓCRATES – Lo sabes bien tú mismo que me estoy refiriendo a los que la gente llama sofistas.
ÁN. – ¡Por Heracles, cállate, Sócrates! Que ninguno de los míos, ni mis amigos más cercanos, ni mis
conocidos, conciudadanos o extranjeros, caiga en la locura de ir tras ellos y hacerse arruinar, porque
evidentemente son la ruina y la perdición de quienes los frecuentan.
SÓC. – ¿Qué dices Ánito? ¿Son ellos, acaso, los únicos de cuantos pretendiendo saber cómo producir
algún beneficio, difieren de manera tal de los demás que, no sólo no son útiles, como los otros, cuando
uno se les entrega, sino que incluso también pervierten? ¿Y por semejante servicio se atreven
manifiestamente a pedir dinero? Yo, por cierto, no imagino cómo podré creerte. Sé, por ejemplo, que
un solo hombre, Protágoras, ha ganado más dinero con este saber que Fidias -tan famoso por las
admirables obras que hacía- y otros diez escultores juntos. ¡Qué extraño lo que dices! Si los que reparan
zapatos viejos y los que remiendan mantos devolvieran en peor estado del que los recibieron tanto los
zapatos como los mantos, no pasarían inadvertidos más de treinta días, sino que, si hiciesen eso, bien
pronto se morirían de hambre. Pero he aquí́ que Protágoras, en cambio, sin que toda la Grecia lo
advirtiera, ha arruinado a quienes lo frecuentaban y los ha devuelto en peor estado que cuando los
había recibido, y lo ha hecho por más de cuarenta años -ya que creo, en efecto, que murió́ cerca de los
setenta, después de haber consagrado cuarenta al ejercicio de su arte-, y en todo ese tiempo y hasta el
día de hoy no ha cesado de gozar de renombre. Y no sólo Protágoras, sino muchísimos más, algunos
anteriores a él y otros todavía en vida. ¿Diremos, entonces, sobre la base de tus palabras, que ellos
conscientemente engañan y arruinan a los jóvenes, o que ni ellos mismos se dan cuenta? ¿Tendremos
que considerarlos tan locos precisamente a éstos de los que algunos afirman que son los hombres más
sabios?
ÁN. – ¡Locos…! No son ellos los que lo están, Sócrates. Sí, en cambio, y mucho más los jóvenes que les
pagan. Y todavía más que éstos, los que se lo permiten, sus familiares, pero por encima de todos, locas
son las ciudades, que les permiten la entrada y no los echan, ya sea que se trate de un extranjero que se
proponga hacer algo de esto, ya de un ciudadano.
SÓC. – Pero Ánito, ¿te ha hecho daño alguno de los sofistas o qué otro motivo te lleva a ser tan duro
con ellos?
ÁN. — ¡Por Zeus!, yo nunca he frecuentado jamás a ninguno de ellos, ni dejaría que lo hiciese alguno
de los míos.
SÓC. — ¿Pero entonces no tienes por completo experiencia de estas personas?
ÁN. — ¡Y que no la tenga!
SÓC. — ¡Pero hombre bendito!, ¿cómo vas a saber si en este asunto hay algo bueno o malo, si eres
completamente inexperto? ÁN. — Muy fácil: con experiencia o sin ella, sé perfectamente bien quiénes
son ésos.” Platón, Menón.

“Pero no hay nada de esto, y si habéis oído a alguien decir que yo intento educar a los hombres y que
cobro dinero, tampoco esto es verdad. Pues también a mí me parece que es hermoso que alguien sea
capaz de educar a los hombres como Gorgias de Leontinos, Pródico de Ceos e Hipias de Élide Cada
uno de éstos, atenienses, yendo de una ciudad a otra, persuaden a los jóvenes – a quienes les es posible
recibir lecciones gratuitamente de sus conciudadanos- que abandonen las lecciones de éstos y reciban
las suyas pagándoles dinero y debiéndoles agradecimiento. (…) Me encontré́ casualmente al hombre
que ha pagado a los sofistas más dinero que todos los otros juntos, Calias, el hijo de Hipónico.
A éste le pregunté – pues tiene dos hijos-: «Calias, le dije, si tus dos hijos fueran potros o becerros,
tendríamos que tomar un cuidador de ellos y pagarle; éste debería hacerlos aptos y buenos en la
condición natural que les es propia, y seria un conocedor de los caballos o un agricultor. Pero, puesto
que son hombres, ¿qué cuidador tienes la intención de tomar? ¿Quién es conocedor de esta clase de
perfección, de la humana y política? Pues pienso que tú lo tienes averiguado por tener dos hijos». «¿Hay
alguno o no?», dije yo. «Claro que sí», dijo él. ¿Quién, de dónde es, por cuanto ensena?», dije yo. «Oh
Sócrates -dijo él-.- Eveno de Paros, por cinco minas». Y yo consideré feliz a Eveno, si verdaderamente
posee ese arte y enseña tan convenientemente. En cuanto a mí, presumiría y me jactaría, si supiera estas
cosas, pero no las sé, atenienses.” Platón, Apología de Sócrates.

“Vale la pena no dejar de lado las discusiones que mantuvo [Sócrates] con el sofista Antifonte. Así, en
una ocasión, Antifonte, con la intención de sustraerle sus discípulos, se aproximó a Sócrates, en
presencia de ellos, y dijo lo que sigue: «Yo creía, Sócrates, que sería obligado que quienes se dedican a la
filosofía se volvieran más felices. Tú, en cambio, me parece que has obtenido de la filosofía el efecto
contrario. Vives, por ejemplo, de un modo tal que ni siquiera un esclavo soportaría vivir en tal régimen,
bajo la sujeción de su amo. Comes los alimentos y bebes las bebidas más vulgares y vistes un manto no
sólo humilde, sino además siempre el mismo en invierno y verano y vas siempre descalzo y sin túnica.
No cobras, por otro lado, dinero, que es algo que alegra a quien lo adquiere y hace que quienes lo
poseen vivan un vida más libre y agradable. Por tanto, si, al igual que los maestros de las demás
profesiones hacen a sus discípulos imitadores de ellos mismos, también tu vas a crear en tus alumnos la
misma disposición, considérate maestro de infelicidad. A todo ello respondió Sócrates: «Me parece,
Antifonte, que te has imaginado que mi vida es tan triste que estoy convencido de que preferirías morir
a vivir como yo lo hago. Examinemos, pues, juntos qué as pecto de mi vida has percibido como
opresivo. ¿Acaso el hecho de que, a quienes cobran dinero, les es forzoso llevar a cabo el trabajo por el
que reciben su salario, mientras que yo, puesto que no cobro, no tengo obligación de discutir con quien
no deseo hacerlo? ¿O consideras sin valor mi régimen de vida, por creer que los alimentos que como
son menos saludables que los que comes tú y proporcionan menor vigor?… Te asemejas, Antifonte, a
quien cree que la felicidad es molicie y lujo. Yo, en cambio, creo que el no tener necesidad alguna es
cosa de dioses, tener el menor número posible de ellas está muy próximo a lo divino y lo divino es
excelso y aquél que se aproxima al destino divino se aproxima al destino excelso.”
“En una nueva ocasión, mientras dialogaba con Sócrates, Antifonte le dijo: «Sócrates, has de saber que
yo te considero justo, pero sabio ni en la más mínima medida. Y me parece que tú también eres de esa
misma opinión, porque, por ejemplo, no cobras a nadie dinero por tu enseñanza. Ahora bien, tu manto
o tu casa o cualquier otro bien que, entre tus posesiones, consideres que tiene un valor determinado, no
lo darías gratis a nadie ni tampoco por una suma inferior a su valor. Resulta evidente que, si creyeras
que tu enseñanza 12 tiene algún valor, cobrarías por ella una suma de dinero no inferior a su valor. Por
tanto, tú puedes ser justo, puesto que no engañas por ambición de dinero; no, en cambio, sabio, ya que
tus conocimientos no valen nada». A estas razones Sócrates respondió: «Antifonte, entre nosotros se
considera bello y vergonzoso por igual comerciar con la belleza y la sabiduría. Así, si alguien vende a
quien la desee su propia belleza por dinero, se le suele llamar prostituido, en cambio, si alguien se gana
la amistad de quien sabe que es un amante bueno y honesto, lo consideramos morigerado. Y con
respecto a la sabiduría sucede otro tanto: a quienes la venden a cualquiera que la desee por dinero, los
llaman sofistas como a personas que se prostituyen; aquel, en cambio, que se gana la amistad de quien
sabe que posee un espíritu superior, enseñándole cuanto de bueno conoce, consideramos que hace lo
que conviene al ciudadano de bien. Pues bien, por lo que a mí se refiere, Antifonte, así como otros
gozan con un buen caballo, un perro o un ave, así y aún más gozo yo también con los buenos amigos y
les enseño cuanto de bueno conozco y los pongo en relación con otros, si pienso que de ellos pueden
sacar algún beneficio en orden a la virtud. Y los tesoros de los sabios de antaño, que nos han legado en
forma de libros escritos, junto con mis amigos los desenrollo y examino y, si vemos algo bueno, lo
escogemos para nosotros. Y consideramos un beneficio inmenso el trabar una amistad mutua». Al oírle
estas razones, me parecía un hombre beato y que incitaba a la perfección a quienes lo escuchaban.

“La palabra es un poderoso soberano que, con un cuerpo pequeñísimo y completamente invisible, lleva
a cabo obras sumamente divinas. Puede, por ejemplo, acabar con el miedo, desterrar la aflicción,
producir la alegría o intensificar la compasión. Que ello es así paso a demostrarlo. (…)
A quienes la escuchan suele invadirles un escalofrío de terror, una compasión desbordante de lágrimas,
una aflicción por amor a los dolientes; con ocasión de venturas y desventuras de acciones y personas
extrañas, el alma experimenta, por medio de las palabras, una experiencia propia. (…) Los
encantamientos inspirados, gracias a las palabras, aportan placer y apartan el dolor. Efectivamente, al
confundirse el poder del encantamiento con la opinión del alma, la seduce, persuade y transforma
mediante la fascinación. De la fascinación y de la magia se han inventado dos artes, que inducen errores
del alma y engaños de la opinión. ¡Cuántos persuadieron -y aún siguen persuadiendo- a tantos y sobre
tantas cuestiones, con sólo modelar un discurso falso!
Si todos tuvieran recuerdo de todos los acontecimientos pasados, conocimiento de los presentes y
previsión de los futuros, la palabra, aun siendo igual, no podría engañar de igual modo. Lo cierto es, por
el contrario, que no resulta fácil recordar el pasado ni analizar el presente ni adivinar el futuro. De
forma que, en la mayoría de las cuestiones, los más tienen a la opinión como consejera del alma. Pero la
opinión, que es insegura y está falta de fundamento, envuelve a quienes de ella se sirven en una red de
fracasos inseguros y faltos de fundamento. ¿Qué razón, por tanto, impide que llegaran a Helena, cuando
ya no era joven, encantamientos que actuaron de modo semejante a como si hubiese sido raptada por la
fuerza? Por tanto, la fuerza de la persuasión, en la que se originó su forma de pensar— y se originó,
desde luego, por necesidad— no admite reproche alguno, sino que tiene el poder mismo de la
necesidad. Pues la palabra que persuade al alma obliga, precisamente a este alma a la que persuade, a
dejarse convencer por lo que se dice y a aprobar lo que se hace. En consecuencia, quien la persuadió, en
cuanto la sometió a la necesidad, es el culpable. Ella, en cambio, en cuanto obligada por la necesidad de
la palabra, goza erróneamente de mala fama. Y que la persuasión, cuando se une a la palabra, suele
también dejar la impronta que quiere en el alma, es algo que hay que aprender, ante todo, de los
razonamientos de los físicos, los cuales, al sustituir una opinión por otra, descartando una y
defendiendo otra, logran que lo increíble y oscuro parezca claro a los ojos de la opinión.”

“AMIGO.- ¿De dónde sales, Sócrates? Seguro que de una partida de caza en pos de la lozanía de
Alcibíades. Precisamente lo vi yo anteayer y también a mí me pareció un bello mozo todavía, aunque un
mozo que, dicho sea entre nosotros, Sócrates, ya va cubriendo
SÓCRATES.- ¿Y qué con eso? ¿No eres tú, pues, admirador de Homero, quien dijo que la más
agraciada adolescencia era la del primer bozo, esa que tiene ahora Alcibíades?
AM.- ¿Qué hay, pues, de nuevo? ¿Vienes, entonces, de su casa? ¿Y cómo se porta contigo el muchacho?
Sóc.- Bien, me parece a mí, y especialmente en el día de hoy. Que mucho ha dicho en mi favor,
socorriéndome, ya que, en efecto, ahora vengo de su casa. Pero voy a decirte algo sorprendente.
Aunque él estaba allí, ni siquiera le prestaba mi atención, y a menudo me olvidaba de él.
A.M. – ¿Y qué cosa tan enorme puede haberos ocurrido a ti y a él? Porque, desde luego, no habrás
encontrado a alguien más bello, en esta ciudad al menos.
Sóc. -Mucho más todavía.
A.M.- ¿Qué dices? ¿Ciudadano o extranjero?
Sóc. – Extranjero.
AM.- ¿De dónde?
Sóc.-De Abdera3.
AM.- ¿Y tan hermoso te pareció ser ese extranjero, al punto de resultarte más bello que el hijo de
Clinias?
Sóc.- ¿Cómo no va a parecer más bello lo que es más sabio, querido amigo?
AM. – Entonces es que acabas de encontrar a algún sabio. ¿No, Sócrates?
Sóc.-Al más sabio, sin duda, de los de ahora, si es que consideras muy sabio a Protágoras.
A M .- ¿Pero qué dices? ¿Protágoras ha venido de viaje?
Sóc.- Ya es su tercer día aquí.
AM.- ¿Y, por tanto, vienes de estar con él?
Sóc.-Y de hablar y oír muchísimas cosas.
AM.- ¿Es que no vas a contarnos la reunión, si nada te lo impide, sentándote aquí, en el sitio que te
cederá este esclavo?
Sóc.- Desde luego. Y os daré las gracias por escucharme.
AM.-Más bien nosotros a ti por hablar.
Sóc.-Va a ser un agradecimiento mutuo. Así que oíd. En esta noche pasada, aún muy de madrugada,
Hipócrates, el hijo de Apolodoro y hermano de Fasón, vino a aporrear con su bastón la puerta de mi
casa a grandes golpes. Apenas alguien le hubo abierto entró directamente, apresurado, y me llamó a
grandes voces:
-¿Sócrates, dijo, estás despierto, o duermes?
Al reconocer su voz, contesté:
-¿Hipócrates es el que está ahí? ¿Es que nos anuncias algún nuevo suceso?
-Nada, contestó, que no sea bueno.
-Puedes decirlo entonces. ¿Qué hay para que hayas venido a esta hora?
-Protágoras -dijo, colocándose a mi lado- está aquí.
-Desde anteayer, le dije yo. ¿Acabas de enterarte ahora?

-Por los dioses, dijo, ayer noche. Y tanteando la cama se sentó junto a mis pies, y continuó:
Ya de noche, desde luego muy tarde, al llegar de Énoe Mi esclavo Sátiro se había fugado. Venía
entonces a decirte que iba a perseguirlo, cuando me olvidé por algún motivo. Cuando regresé y, después
de haber cenado, nos íbamos a reposar, en ese momento mi hermano me dice que Protágoras estaba
aquí. Todavía intenté en aquel instante venir a tu casa; luego, me pareció que la noche estaba demasiado
avanzada. Pero, en cuanto el sueño me ha librado de la fatiga, apenas me he levantado, me trasladé aquí.
Como yo me daba cuenta de su energía y su apasionamiento, le dije:
-¿Qué te pasa? ¿Es que te debe algo Protágoras? Él sonrió y dijo:
– ¡ Por los dioses!, Sócrates, sólo en cuanto que él es sabio, y a mí no me lo hace.
-Pues bien, ¡por Zeus!, si le das dinero y le convences, también a ti te hará sabio.
-¡Ojalá, dijo, Zeus y dioses, sucediera así! No escatimaría nada de lo mío ni de lo de mis amigos. Pero
por eso mismo vengo a verte, para que le hables de mí. Yo, por una parte, soy demasiado joven y, por
otra, tampoco he visto nunca a Protágoras ni le he oído jamás. Sin embargo, Sócrates, todos elogian a
ese hombre y dicen que es sapientísimo. ¿Pero por qué no vamos a donde se aloja, para encontrarle
dentro?
(…)
Entonces yo, poniendo a prueba el interés de Hipócrates, le examinaba, con estas preguntas:
-Dime, Hipócrates, ahora intentas ir hacia Protágoras, y pagarle dinero como sueldo por cuidar de ti.
¿Qué idea tienes de a quién vas a ir, o de en quién vas a convertirte? Por ejemplo, si pensaras ir junto a
tu homónimo Hipócrates, el de Cos, de los Asclepíadas, y pagar dinero corno sueldo por ocuparse de ti,
si alguno te preguntara: «¿Dime, vas a pagarle, Hipócrates, a Hipócrates en condición de qué?»
-Le diría que como a médico.
-¿Para hacerte qué?
-Médico, dijo.
-Y si pensaras llegarte a casa de Policleto, el de Argos, o de Fidias el ateniense y darles un pago por tu
persona, si uno te preguntara:
«¿Al pagar este dinero, qué idea tienes de lo que son Policleto y Fidias?», ¿qué responderías?
-Diría que escultores.
-Así pues, ¿qué te harías tú mismo?
-Evidentemente, escultor.
-Vaya, dije. Ahora, pues, al acudir a Protágoras tú y yo estaremos dispuestos a pagarle un dinero como
sueldo por tu persona, si nos alcanzan nuestros recursos y le convencemos con ellos, y si no, aun
disponiendo de los recursos de nuestros amigos. Si entonces alguien, al hallarnos tan decididamente
afanosos en esto, nos preguntara:
«Decidme, Sócrates e Hipócrates, ¿qué opinión tenéis de lo que es Protágoras al darle vuestro dinero?»,
¿qué le responderíamos? ¿Qué otro nombre hemos oído que se diga de Protágoras, como el de «escultor
» se dice de Fidias y el de «poeta», de Homero, qué calificación, semejante, hemos oído de
Protágoras?
-Sofista, desde luego, es lo que le denominan, Sócrates, y eso dicen que es el hombre, contestó.
-¿Cómo a un sofista, por tanto, vamos a pagarle el dinero?
-Exacto.
– S i luego alguno te preguntara también esto:
«¿Y tú, en qué tienes intención de convertirte al acudir a Protágoras?»
Y él me dijo, ruborizándose -como apuntaba ya algo el día pude notárselo-:
-Si va de acuerdo con lo anterior, evidentemente con la intención de ser sofista.
-Y tú, le dije, ¡por los dioses!, ¿no te avergonzarías de presentarte a los griegos como sofista?
-Sí, ¡por Zeus!, Sócrates, si tengo que decir lo que pienso. (…)
-¿Sabes, pues, lo que vas a hacer, o no te das cuenta?, dije.
-¿De qué?
-Que vas a ofrecer tu alma, para que la cuide, a

un hombre que es, según afirmas, un sofista. Pero qué es un sofista, me sorprendería que lo sepas. Y si,
no obstante, desconoces esto, tampoco sabes siquiera a quién entregarás tu alma, ni si para asunto
bueno o malo.
-Yo creo saberlo, dijo. (…)
-¿Qué podríamos, Sócrates, decir que es éste, sino que es un entendido en el hacer hablar hábilmente?
-Tal vez, dije, diríamos una verdad, pero no del todo. Porque nuestra respuesta reclama aún una
pregunta acerca de sobre qué el sofista hace hablar hábilmente. Sin duda, como el citarista, que hace
hablar(…)con habilidad sobre lo que es conocedor precisamente, sobre el arte de la cítara, ¿no?
–Sí.
-Bien. ¿El sofista, entonces, sobre qué asunto hace hablar hábilmente? ¿Está claro que acerca de lo que
tenga conocimientos?
-Es natural.
-¿Qué es eso en lo que él, el sofista, es conocedor, y lo hace a su discípulo?
– ¡Por Zeus! contestó, ya no sé qué decirte.
Después de esto le dije:
-¿Pues qué? ¿Sabes a qué clase de peligro vas a exponer tu alma? Desde luego si tuvieras que confiar tu
cuerpo a alguien, arriesgándote a que se hiciera útil o nocivo, examinarías muchas veces si debías
confiarlo o no, y convocarías, para aconsejarte, a tus amigos y parientes, meditándolo durante días
enteros. En cambio, lo que estimas en mucho más que el cuerpo, el alma, y de lo que depende el que
seas feliz o desgraciado en tu vida, haciéndote tú mismo útil o malvado, respecto de eso, no has tratado
con tu padre ni con tu henna no ni con ningún otro de tus camaradas, si habías de confiar o no tu alma
al extranjero ése recién llegado, sino que, después de enterarte por la noche, según dices, llegas de
mañana sin haber hecho ningún cálculo ni buscado consejo alguno sobre ello, si debes confiarte o no, y
estás dispuesto a dispensar tus riquezas y las de tus amigos, como si hubieras reconocido que debes
reunirte de cualquier modo con Protágoras, a quien no conoces, como has dicho, con el que no has
hablado jamás, y al que llamas sofista; si bien qué es un sofista, parece que lo ignoras, en e quien vas a
confiarte a ti mismo. (…)
-Ahora bien, Hipócrates, ¿el sofista viene a ser un
traficante o un tendero de las mercancías de que se nutre el alma? A mí, al menos, me parece que es
algo así.
-¿Y de qué se alimenta el alma, Sócrates?
-Desde luego de enseñanzas, dije yo. De modo que, amigo, cuidemos de que no nos engañe el sofista
con sus elogios de lo que vende, como el traficante y el tendero con respecto al alimento del cuerpo.
Pues tampoco ellos saben, de las mercancías que traen ellos mismos, lo que es bueno o nocivo para el
cuerpo, pero las alaban al venderlas; y lo mismo los que se las compran, a no ser que alguno sea un
maestro de gimnasia o un médico. Así, también, los que introducen sus enseñanzas por las ciudades
para venderlas al por mayor o al por menor a quien lo desee, elogian todo lo que venden; y seguramente
algunos también desconocerán, de lo que venden, lo que es bueno o nocivo para el alma. Y del mismo
modo, también, los que las compran, a no ser que por casualidad se encuentre por allí un médico del
alma. Si tú eres conocedor de qué es útil o nocivo de esas mercancías, puedes comprar sin riesgo las
enseñanzas de Protágoras y las de cualquier otro.
Pero si no, ten cuidado, querido, de no jugar a los dados y arriesgarte en lo más precioso. Desde luego
hay un peligro mucho mayor en la compra de enseñanzas que en la de alimentos. Pues al que compra
comestibles y bebidas del mercader o del tendero, le es posible llevárselas en otras vasijas, y antes de
aceptarlas en su cuerpo como comida o bebida, le es posible depositarlas y pedir consejo, convocando a
quienes entiendan, de lo que pueda comerse y beberse y de lo que no, y cuánto y cuándo. De modo que
no hay en la compra un gran peligro. Pero las enseñanzas no se pueden transportar en otra vasija, sino
que es necesario, después de entregar su precio, recogerlas en el alma propia, y una vez aprendidas
retirarse dañado o beneficiado. (…) Ahora, sin embargo, tal como nos disponíamos, vayamos y
escuchemos a ese hombre.
(…)

Con esta decisión, nos pusimos en marcha. Cuando llegamos ante el portal, nos quedamos dialogando
sobre un tema que se nos había ocurrido por el camino, para que no quedara inacabado, sino que
entráramos después de llegar a las conclusiones. Detenidos en el portal dialogábamos, hasta que nos
pusimos de acuerdo el uno con el otro. Parece que el portero, un eunuco, nos estaba escuchando y,
posiblemente, andaba irritado, por la multitud de sofistas, con los que acudían a la casa. Ya que, apenas
golpeamos la puerta, al abrir y vernos, dijo:
«¡Ea, otros sofistas! ¡Está ocupado!»
Y al mismo tiempo, con sus dos manos, tan violenta- mente como era capaz, cerró la puerta. Pero
nosotros llamamos de nuevo, y él, tras la puerta cerrada, nos respondió:
«¿Señores, no habéis oído que está ocupado?»
-Buen hombre, dije yo, que no venimos a ver a Calias ni somos sofistas. Descuida. Hemos venido
porque necesitamos ver a Protágoras. Así que anúncianos.
Al fin, a regañadientes, el individuo nos abrió la puerta. Cuando entramos, encontramos a Protágoras
paseando en el vestíbulo, y en fila, tras él, le escoltaban en su paseo, de un lado, Calias, el hijo de
Hipónico y su hermano por parte materna, Páralo, el hijo de Pericles, y Cármides, hijo de Glaucón, y,
del otro, el otro hijo de Pericles, Jántipo, y Filipides, el hijo de Filomelo, y Antímero de Mendes, que es
el más famoso de los discípulos de Protágoras y aprende por oficio, con intención de llegar a ser sofista.
Detrás de éstos, los seguían otros que escuchaban lo que se decía y que, en su mayoría, parecían
extranjeros, de los que Protágoras trae de todas las ciudades por donde transita, encantándolos con su
voz, como Orfeo, y que le siguen hechizados por su son. Había también algunos de los de aquí en la
fila. Al ver tal coro yo me divertí extraordinariamente; qué bien se cuidaban de no estar en cabeza
obstaculizando a Protágoras, de modo que, en cuanto aquél daba la vuelta con sus interlocutores, éstos,
los oyentes, se escindían muy bien y en orden por un lado y por el otro, y moviéndose siempre en
círculo se colocaban de nuevo detrás de modo perfectísimo. (…)
Cuando hubimos entrado y después de pasar unos momentos contemplando el conjunto, avanzamos
hacia Protágoras y yo le dije:
-Protágoras, a ti ahora acudimos éste, Hipócrates, y yo.
– ¿Es con el deseo de hablar conmigo a solas o también con los demás?, preguntó.
-A nosotros, dije yo, no nos importa. Después de oír por qué venimos, tú mismo lo decides.
-¿Cuál es, pues, el motivo de la visita?, dijo.
-Este Hipócrates es uno de los naturales de aquí, hijo de Apolodoro, de una casa grande y próspera, y,
por su disposición natural, me parece que es capaz de e rivalizar con sus coetáneos. Desea, me parece,
llegar a ser ilustre en la ciudad, y cree que lo lograría mejor, si tratara contigo. Ahora ya mira tú si crees
que debes dialogar sobre esto con nosotros solos o en compañía de otros. (…)” Platón, Protágoras.
“(Protágoras) fue el primero que dijo que “sobre cualquier cuestión hay dos argumentos opuestos entre
sí” método que aplicó en sus discusiones, siendo el primero en practicarlo. También comenzaba alguno
de sus escritos de este modo “El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto que
son de las que no nos en cuanto que no son”. (…) En algún otro escrito comenzaba de esta manera
“Sobre los dioses no puedo saber ni que existen ni que no existen, ni respecto a su forma ni cómo son.
Pues muchas cosas son las que me impiden saberlo, tanto la oscuridad como la vida del hombre que es
breve. (…) Por este comienzo del libro fue desterrado conforme a la legalidad ateniense y quemaron
sus libros en el ágora siendo confiscados, bajo la autoridad de un heraldo, a cada uno de sus
propietarios. Fue el primero en hacerse pagar unos honorarios de cien minas, también fue el primero en
distinguir las partes del tiempo, en explicar la potencia de la oportunidad, en organizar concursos de
oratoria y en ofrecer fórmulas de argumentación a los amantes de los debates. (…) Éstos son los libros
que se conservan de él: Arte de erísticos, Sobre la lucha, Sobre las matemáticas, Sobre la constitución,
Sobre la ambición, Sobre las virtudes, Sobre la organización originaria, Sobre asuntos del Hades, De las
acciones humanas incorrectas, Discurso imperativo, Discurso judicial sobre honorarios, Antilogías en
dos libros.”

“Yo afirmo que la verdad es como la tengo escrita: a saber, cada uno de nosotros es la medida de las
cosas que son y de las que no son; ahora bien, infinitamente difiere uno de otro exactamente en el
hecho de que para uno existen y se le revelan unas cosas, y para otro, otras.
Muy lejos estoy de negar que existan la sabiduría y el sabio; sin embargo, sabio llamo yo a quien logre
cambiar a cualquiera de vosotros, de forma que lo que le parece y es para él malo, le parezca y sea para
él bueno… Recordad los términos de la conversación anterior: que al enfermo le parecen amargos los
alimentos que come y lo son, mientras para el que está sano son y le parecen todo lo contrario. No hay,
por tanto, que considerar más sabio ni a uno ni a otro -porque ni siquiera sería posible- ni debe hacerse
una acusación en los términos de que el enfermo es un ignorante por sostener una opinión de esa
naturaleza, mientras que el sano es sabio, por sostener una opinión de naturaleza distinta. Por el
contrario, se debe efectuar un cambio hacia la otra posición, ya que la disposición segunda es mejor. Así
también en la educación debe efectuarse un cambio de una disposición hacia otra mejor. Ahora bien, el
médico realiza ese cambio con medicinas, mientras el sofista lo hace con discursos. Porque nadie ha
conseguido que uno que sustenta opiniones falsas mantenga, después, opiniones verdaderas. Ya que ni
es posible mantener opiniones sobre cosas que no existen, ni otras distintas a las experiencias, sino que
éstas son siempre verdaderas. (…) Y a los expertos en cuerpos, los llamo médicos, y, si lo son en
plantas, agricultores. Porque yo afirmo que también éstos, cuando alguna planta está enferma, en lugar
de sensaciones perjudiciales, les inducen otras sensaciones beneficiosas, saludables y verdaderas. Y, del
mismo modo, digo que los oradores buenos y sabios logran que las ciudades crean justo lo que es
beneficioso, en lugar de nocivo, para ellas. Porque lo que a cada ciudad le parezca justo y bello, lo es
efectivamente para ella, en tanto sea valorado como tal. Ahora bien, el sabio, en lugar de las opiniones
particulares que resultan nocivas para los ciudadanos, logra que parezcan y sean buenas aquellas otras
que son beneficiosas. Por la misma razón, el sofista, que tiene la capacidad de educar, por ese
procedimiento, a los que acuden a él, es, para sus discípulos, sabio y merecedor de un elevado pago. Y
en ese sentido unos son más sabios que otros y ninguno tiene opiniones falsas.”

Representantes de la sofística

  1. Protágoras (c. 485-410 a.C.)

    «El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son y de las que no son.»
    «Acerca de los dioses no puedo saber ni cómo son ni cómo no son. Porque muchos son los impedimentos para saberlo: la oscuridad del tema y lo breve que es la vida humana.»
    Protágoras representa un giro antropocéntrico en la filosofía griega, colocando al ser humano y su experiencia en el centro del debate filosófico. Su relativismo y su defensa de la educación como herramienta para la vida política lo convierten en una figura imprescindible para entender la sofística y su impacto en la Atenas clásica. Aunque criticado por pensadores posteriores, su legado persiste en las discusiones sobre la verdad, la ética y la naturaleza de la ley.

    “Hay quien ha contado a Protágoras de Abdera entre el coro de los filósofos que destruyen el criterio pues dice que todas las impresiones y las opiniones son verdaderas, y entre los que afirman la relatividad de la verdad, debido a que todo lo que aparece a alguien y todo lo que es objeto de opinión es, sin más, relativo al sujeto. Al menos, al comienzo de los Discursos demoledores proclamó «De todas las cosas medida es el hombre, de las que son en cuanto que son, y de las que no son en cuanto que no son.»
    Parece que esta afirmación es corroborada incluso por su contraria, pues, si alguien dice que no es el hombre el criterio de todas las cosas, estará corroborando que el criterio de todas las cosas es el hombre. Pues quien dice esto es hombre y por el hecho de establecer lo que aparece en relación a sí mismo, conviene en que esto mismo forma parte de lo que le aparece.

    De ahí que el loco es criterio fiable de lo que aparece en la locura; el que duerme, de lo que aparece en sueños, el niño, de lo que aparece en la infancia, y el viejo, de lo que ocurre en la vejez. No es propio desentenderse de circunstancias diferentes por causa de circunstancias diferentes, es decir, no es propio desentenderse de lo que aparece cuando uno está loco por causa de lo que ocurre cuando está cuerdo, ni de lo que aparece en sueños, por causa de lo que aparece en estado de vigilia, ni de lo que aparece en la infancia, por causa de lo que aparece en la vejez. Pues, así como estas cosas no aparecen a los primeros, así también a la inversa, lo que aparece a los primeros no ocurre a los segundos. Por ello, si el loco o el dormido, por el hecho de percibir en una determinada disposición, no son jueces seguros de lo que les aparece, entonces, dado que el cuerdo y el despierto se hallan también en una determinada disposición, a su vez, tampoco éstos serán fiables respecto al diagnóstico de lo que les ocurre. No recibiendo nada independientemente de alguna circunstancia, debe darse credibilidad a cada individuo en lo que toca a lo que recibe en su circunstancia particular.”

    “Protágoras de Abdera era sofista y discípulo de Demócrito en su patria, si bien tuvo relación con los magos persas durante la incursión de Jerjes contra la Hélade. Su padre (…) que había acumulado más riqueza que la mayoría de los habitantes de Tracia y que alojó en su casa a Jerjes, obtuvo mediante regalos que su hijo se relacionase con los magos, pues los magos persas no enseñan a no persas, a menos que el rey lo autorice. (…) El decir que no sabía si existen o no existen los dioses es una ilegalidad que, en mi opinión, Protágoras comete a causa de la educación persa, pues los magos invocan a los dioses en ritos ocultos, pero prescinden de la creencia pública en la divinidad porque no quieren dar la impresión de que ésta es la fuente de su poder. Ésta fue la causa por la que fue expulsado de su territorio por los atenienses tras ser juzgado, como dicen algunos o, en opinión de otros, tras ser sometido a votación sin ser juzgado. Pasando por islas y continentes y tratando de evitar los trirremes atenienses esparcidos por todos los mares, naufragó cuando navegaba en una pequeña barca. Fue el primero en obtener remuneración por sus lecciones y el primero en transmitirlo a los griegos, acción dada censurable, pues apreciamos más lo que esperamos obtener con dinero que lo gratuito.” “En efecto, con ocasión de que un atleta, en el curso del pentatlon, hirió involuntariamente con una jabalina a Epítimo de Fársalo y le dio muerte, [Pericles] dedicó todo un día, en compañía de Protágoras, a decidir si era, en estricta lógica, a la jabalina o, más bien, al que la lanzó o a los jueces de la competición, a quien había que considerar responsable de la desgracia.”

    “Cuando sus hijos, jóvenes y hermosos, perecieron en tan solo ocho días, [Pericles] lo soportó sin sufrir. Porque se mantuvo en serena tranquilidad, que mucho le ayudó todos los días al bienestar y a la ausencia de dolor y a la gloria entre el pueblo. Pero quienes le vieron soportar con firmeza el propio dolor, lo tenían por noble y viril y en mucho superior a sí mismos, conociendo muy bien cada uno su propia ineptitud en situación semejante.”

    “Hay quien ha contado a Protágoras de Abdera entre el coro de los filósofos que destruyen el criterio pues dice que todas las impresiones y las opiniones son verdaderas, y entre los que afirman la relatividad de la verdad, debido a que todo lo que aparece a alguien y todo lo que es objeto de opinión es, sin más, relativo al sujeto. Al menos, al comienzo de los Discursos demoledores proclamó “De todas las cosas medida es el hombre, de las que son en cuanto que son, y de las que no son en cuanto que no son. Parece que esta afirmación es corroborada incluso por su contraria, pues, si alguien dice que no es el hombre el criterio de todas las cosas, estará corroborando que el criterio de todas las cosas es el hombre. Pues quien dice esto es hombre y por el hecho de establecer lo que aparece en relación a sí mismo, conviene en que esto mismo forma parte de lo que le aparece. De ahí que el loco es criterio fiable de lo que aparece en la locura; el que duerme, de lo que aparece en sueños, el niño, de lo que aparece en la infancia, y el viejo, de lo que ocurre en la vejez. No es propio desentenderse de circunstancias diferentes por causa de circunstancias diferentes, es decir, no es propio desentenderse de lo que aparece cuando uno está loco por causa de lo que ocurre cuando está cuerdo, ni de lo que aparece en sueños, por causa de lo que aparece en estado de vigilia, ni de lo que aparece en la infancia, por causa de lo que aparece en la vejez. Pues, así como estas cosas no aparecen a los primeros, así también a la inversa, lo que aparece a los primeros no ocurre a los segundos. Por ello, si el loco o el dormido, por el hecho de percibir en una determinada disposición, no son jueces seguros de lo que les aparece, entonces, dado que el cuerdo y el despierto se hallan también en una determinada disposición, a su vez, tampoco éstos serán fiables respecto al diagnóstico de lo que les ocurre. No recibiendo nada independientemente de alguna circunstancia, debe darse credibilidad a cada individuo en lo que toca a lo que recibe en su circunstancia particular.”

    “Protágoras afirma que sobre cualquier asunto es posible defender, con la misma validez, una tesis como su contraria, incluso a propósito de esa misma proposición, dado que cualquier asunto puede ser defendido en un sentido o en su contrario.”
    “Tal como decía Protágoras cuando declaraba «el hombre es medida de todas las cosas», queriendo decir que del modo en que a mí me parecen ser los objetos, de ese mismo modo son para mí. Y del modo en que a ti te parecen, de ese modo son para ti. Muy semejante a lo expuesto es la proposición de Protágoras. En efecto, también él dijo que el hombre es medida de todas las cosas, no queriendo significar con ello más que lo que a cada uno le parece, posee una realidad firme. Y si ello acontece, sucede que la misma cosa es y no es y es mala y buena y así todas las demás afirmaciones conformes a las tesis opuestas, por el hecho de que frecuentemente a unos les parece buena una cosa, y a otros, su contraria, y la medida es lo que a cada uno le parece.
    “Decía también que nada es el alma al margen de las sensaciones, como refrenda Platón en el Teeteto y que todas las cosas son verdaderas.” Diógenes Laercio, IX, 51.

    «Él y Pródico de Ceos se hacían pagar sus lecturas públicas.
    Y añade Platón en el Protágoras que Pródico tenía una
    voz profunda. Protágoras fue discípulo de Demócrito. Le
    llamaban «Sapiencia», según cuenta Favoriño en su Historia
    miscelánea.
    51. Fue el primero que dijo que sobre cualquier tema hay
    dos razonamientos opuestos entre sí. Con uno y otro planteaba
    la discusión, siendo el primero en actuar así. En alguno
    de sus escritos comienza de este modo: «De todas las cosas
    la medida es el hombre, de las que son en cuanto son, y de
    las que no son en cuanto no son». Afirmaba que el alma no
    es nada al margen de las sensaciones, como dice precisamente
    Platón en el Teeteto, y que todas las cosas son verdaderas.
    Y en otro de sus escritos comenzó de esta forma:
    «Acerca de los dioses no puedo saber ni cómo son ni cómo
    no son. Porque muchos son los impedimentos para saberlo:
    la oscuridad del tema y lo breve que es la vida humana».
    52. A causa de este proemio de su escrito fue desterrado de
    Atenas. Y los atenienses quemaron sus libros en el ágora,
    después de ordenar por medio del pregonero que los entregaran
    todos los que los habían comprado. Él fue el primero
    en exigir como paga cien minas. Y el primero que distinguió
    los tiempos del verbo, y destacó el poder de la oportunidad,
    organizó debates oratorios y aportó a los pleiteantes los trucos
    sofísticos. Y, prescindiendo de la razón de fondo, redujo
    la discusión a las palabras y engendró la raza de los disputadores erísticos, ahora tan en boga. Por eso dice de él Timón:
    Protágoras, sociable, buen conocedor de las discusiones verbales.
    53. Él fue el primero que suscitó el modo de dialogar que
    llamamos socrático. También fue el primero en usar en dialéctica
    el argumento de Antístenes que intenta demostrar
    que no es posible la contradicción, según afirma Platón en el
    Eutidemo. Y el primero en advertir los puntos de ataque
    contra las tesis propuestas, según dice Artemidoro el dialéctico
    en su Contra Crisipo. Fue además el inventor de la especie
    de mochila llamada tyle, sobre la que se acarrean los fardos,
    según refiere Aristóteles en Acerca de la educación. Pues
    fue porteador de cargas de leña, según dice Epicuro en alguna
    parte. Y de esta manera suscitó el aprecio de Demócrito,
    que le habría visto atar los haces de leña.
    Fue el primero en distinguir cuatro tipos de proposición:
    súplica, pregunta, respuesta, mandato. (Otros dicen
    que siete: narración, pregunta, respuesta, mandato, relato,
    súplica, invocación), que calificó como los fundamentos de
    los discursos. Alcidamante, en cambio, admite cuatro tipos
    de proposición: afirmación, negación, pregunta y respuesta.
    El primero de sus escritos que leyó en público fue Acerca
    de los dioses, cuyo comienzo hemos citado antes. Lo leyó en
    Atenas, en casa de Eurípides o, según algunos, en la de Megaclides.
    Otros dicen que fue en el Liceo, sirviéndose de la
    voz de un discípulo suyo, Arcágoras, el hijo de Teódoto. Su
    acusador fue Pitodoro hijo de Policelo, uno de los Cuatrocientos.
    Pero Aristóteles dice que fue Evatlo.
    55. Los libros suyos que se conservan son éstos:

    Técnica de controversias.
    Sobre la lucha libre.
    Sobre las ciencias.
    Sobre la constitución política.
    Sobre la ambición de honores.
    Sobre las virtudes.
    Sobre la disposición original de las cosas.
    Sobre las cosas del Hades.
    Sobre las acciones incorrectas de los hombres.
    Libro de preceptos.
    Pleito por la paga.
    Antilogías, dos libros.

    Y éstos son sus libros. Además Platón ha escrito un diálogo
    que se refiere a él.
    Cuenta Filócoro que, cuando navegaba hacia Sicilia, su
    nave se hundió en alta mar. Y a esto alude enigmáticamente
    Eurípides en su Ixión. Algunos dicen que murió en este trayecto,
    habiendo vivido cerca de noventa años. 56. En
    cambio Apolodoro afirma que setenta, y que fue sofista durante
    cuarenta, y que tuvo su momento de apogeo en la
    Olimpiada ochenta y cuatro45.
    Hay una composición nuestra sobre él que dice así:
    También de ti, Protágoras, escuché nuevas, de cómo al salir
    de Atenas, siendoya anciano, en el camino pereciste.
    La ciudad de Cécrope prefirió tu destierro. Mas tú entonces
    escapaste de la ciudadela de Palas, pero no de Plutón46.
    Se cuenta que en una ocasión le reclamaba la paga a su
    discípulo Evatlo, y al replicar él: «¡Pero si aún no he ganado
    ningún pleito!», le contestó: «De todas maneras, si yo te lo
    gano, por habértelo ganado, habré de recibirla. Y si lo ganas
    tú, porque lo has ganado tú».

    Protágoras: El Sofista del Hombre y la Relatividad

    Protágoras de Abdera (c. 485-410 a.C.) es una figura clave en la filosofía presocrática y en el desarrollo de la sofística.

    Es uno de los sofistas más destacados y respetados de la filosofía griega, especialmente por la consideración que le otorgó Platón en sus diálogos. Su frase más famosa, «el hombre es la medida de todas las cosas», expresa su subjetivismo, relativismo y escepticismo. Protágoras sostiene que el conocimiento y la verdad son relativos a cada individuo, ya que las percepciones humanas varían y condicionan nuestro entendimiento de la realidad. Según él, lo que cada persona percibe es su verdad, lo que implica que no existe una verdad universal o absoluta.

    Platón, aunque crítico con otros sofistas, muestra respeto hacia Protágoras por su enfoque serio y reflexivo de la enseñanza y por su habilidad para fomentar el debate filosófico. En el diálogo platónico que lleva su nombre, Platón lo presenta como un intelectual hábil y argumentador, que se distingue por su capacidad para tratar cuestiones complejas de la virtud y la justicia sin caer en la trivialidad de otros sofistas. Además de ser un maestro de retórica, Protágoras promovía una educación que buscaba capacitar a los ciudadanos en el arte de la argumentación, un recurso fundamental en la vida pública de Atenas.

    Protágoras fue protegido de Pericles y encargado de la constitución de Thurioi. Es uno de los más prominentes sofistas, conocido como el «padre de la sofística». Fue acusado de impiedad y condenado a muerte en el 416 a.C.  Protágoras niega la existencia de una «verdad» universal; para él, la verdad depende de cada individuo y sus percepciones, en un flujo constante de cambio. En moral, argumenta que no hay bien o justicia absolutos, sino que todo depende de las perspectivas. También fue agnóstico, manifestando que no se puede conocer si existen los dioses.

    Reconocido por su célebre frase “El hombre es la medida de todas las cosas”, su pensamiento se centra en el relativismo, la antropología y la retórica.

    Distintos aspectos de su filosofía y su contexto histórico.

    1. Contexto histórico y biografía

    Protágoras nació en Abdera, en Tracia, una región marcada por su diversidad cultural. Fue contemporáneo de Sócrates y Pericles, participando en la efervescencia intelectual de la Atenas del siglo V a.C. como maestro itinerante. Su vida transcurrió en un contexto en el que la democracia ateniense florecía, lo que influyó significativamente en su pensamiento político y educativo. Protágoras cobraba por sus enseñanzas, como era común entre los sofistas, y se especializó en retórica y argumentación, habilidades esenciales en la vida pública ateniense.

    2. La filosofía de Protágoras: El relativismo y el conocimiento

    El principio fundamental de Protágoras, plasmado en su famosa afirmación:
    «El hombre es la medida de todas las cosas: de las que son, en cuanto son, y de las que no son, en cuanto no son»,
    subraya su postura relativista. Según él, no existe una verdad universal; todo conocimiento depende de la percepción subjetiva del individuo. Esto implica que lo que es «verdadero» o «real» para una persona puede no serlo para otra. Este relativismo epistemológico fue revolucionario, pero también generó críticas, especialmente de Platón, quien lo interpretó como una negación de toda objetividad.

    3. Su concepción de la ley y la política

    Protágoras defendió que las leyes no son de origen divino, sino convenciones humanas diseñadas para garantizar la convivencia social. En su diálogo Protágoras, Platón lo presenta argumentando que la justicia y la virtud son indispensables para la supervivencia de la comunidad. Desde esta perspectiva, Protágoras valoraba la democracia ateniense como un sistema político que permitía a los ciudadanos deliberar sobre las leyes y sus aplicaciones, siempre bajo el principio de utilidad para la polis.

    4. El ser humano como centro de su filosofía

    El interés de Protágoras por el ser humano lo convierte en uno de los primeros pensadores en explorar la antropología filosófica. Para él, el hombre no solo mide la realidad externa, sino también las normas éticas y políticas. Este enfoque pone al individuo en el centro del conocimiento y la moralidad, en contraposición a las cosmologías abstractas de los presocráticos.

    5. Ética y educación: La virtud como enseñanza

    Protágoras sostenía que la virtud (areté) podía enseñarse, una idea controvertida en su tiempo. A través de la educación, creía que era posible formar ciudadanos capaces de participar activamente en la vida pública. En este sentido, Protágoras no buscaba inculcar dogmas, sino enseñar a debatir y persuadir, habilidades esenciales para el ciudadano ateniense.

    6. Relación con Sócrates y otros filósofos

    Protágoras mantuvo una relación indirecta pero significativa con Sócrates y otros filósofos de su época. Aunque ambos compartían el interés por la educación y la virtud, diferían profundamente en sus enfoques. Sócrates buscaba verdades universales a través de la dialéctica, mientras que Protágoras aceptaba la multiplicidad de perspectivas como una característica inherente de la condición humana. Platón critica duramente a Protágoras en sus diálogos, considerándolo relativista y escéptico, pero también le reconoce como un intelectual formidable.

    7. Personalidad y legado

    Protágoras fue descrito como un maestro persuasivo y carismático, capaz de cautivar a sus oyentes. Su enfoque práctico y su escepticismo respecto a los dioses lo llevaron a cuestionar las creencias tradicionales, lo que le valió tanto admiradores como detractores. Se dice que fue acusado de impiedad y que, hacia el final de su vida, tuvo que huir de Atenas, aunque los detalles de su muerte son inciertos.

    8. Crítica y aportaciones al pensamiento occidental

    El legado de Protágoras es ambivalente. Mientras que algunos lo ven como un precursor del escepticismo moderno, otros critican el supuesto nihilismo implícito en su relativismo. Sin embargo, su énfasis en el hombre como medida de todas las cosas influyó profundamente en la tradición humanista y en la noción moderna de subjetividad.

  2. Gorgias (c. 444-1 a.C.) La retórica y la filosofía en la Grecia clásica

    Gorgias fue un innovador en su tiempo, tanto en la práctica retórica como en el pensamiento filosófico. Su legado radica en su capacidad para cuestionar las certezas y explorar el poder del lenguaje como herramienta para moldear la percepción de la realidad. Aunque su enfoque fue criticado por sus contemporáneos y por filósofos posteriores, su influencia perdura en la historia de la filosofía y la retórica, convirtiéndolo en una figura indispensable para comprender el pensamiento griego clásico.

    Introducción

    Gorgias de Leontinos (c. 485 a. C. – c. 380 a. C.) fue uno de los sofistas más influyentes de la Grecia clásica, conocido por su habilidad como orador, su escepticismo filosófico y su contribución al desarrollo de la retórica como disciplina autónoma. Figura destacada en el siglo V a. C., Gorgias representa el espíritu crítico y experimental del movimiento sofístico, que desafiaba las concepciones tradicionales del conocimiento, la verdad y el lenguaje.

    Contexto histórico y cultural

    Gorgias nació en Leontinos, una ciudad de Sicilia, en un momento en el que la región era conocida por su tradición retórica. Sicilia estaba profundamente influenciada por la cultura griega, y sus ciudades eran focos de innovación en el uso del lenguaje, en parte debido a la necesidad de defenderse en los tribunales de justicia y las asambleas políticas.

    Llegó a Atenas en el 427 a. C. como embajador, lo que le permitió demostrar su talento como orador ante una de las polis más influyentes de Grecia. Atenas era entonces el centro del pensamiento filosófico y político, y los sofistas, con su énfasis en la enseñanza de la argumentación, encontraron un terreno fértil para sus ideas.

    La obra de Gorgias

    Aunque no dejó textos sistemáticos como otros filósofos, Gorgias escribió varios discursos y fragmentos, de los cuales los más famosos son:

    1. «Elogio de Helena»
      En esta obra, Gorgias defiende a Helena de Troya, quien había sido tradicionalmente culpada de causar la guerra de Troya. Argumenta que Helena no tuvo culpa alguna, ya que su comportamiento fue determinado por factores fuera de su control: la voluntad de los dioses, el amor, o la fuerza del lenguaje persuasivo. Este texto es un ejemplo de la destreza de Gorgias para demostrar que cualquier posición puede ser defendida si se utiliza adecuadamente la retórica.
    2. «Defensa de Palamedes»
      Este discurso ficticio presenta a Palamedes, un héroe griego acusado injustamente por Ulises de traición durante la guerra de Troya. En él, Gorgias muestra cómo el lenguaje puede utilizarse para construir argumentos lógicos y refutar acusaciones.
    3. «Sobre lo que no es o sobre la naturaleza»
      Este tratado, del que solo se conservan referencias indirectas, es uno de los textos más intrigantes de Gorgias. Se trata de un ensayo filosófico en el que Gorgias niega la existencia, el conocimiento y la comunicación de la realidad, estructurando su argumentación en tres partes:
  • Nada existe.
  • Si algo existe, no puede ser conocido.
  • Si algo puede ser conocido, no puede ser comunicado.
    Este texto refleja el escepticismo radical de Gorgias y su interés por los límites del lenguaje y el pensamiento.

La filosofía de Gorgias

La retórica como arte del discurso

Para Gorgias, la retórica no era simplemente una técnica de persuasión, sino un arte que podía influir profundamente en la percepción de la realidad. En su concepción, el lenguaje tiene un poder casi mágico, capaz de transformar emociones, creencias y decisiones. Este enfoque está presente en su famoso dicho: «El discurso es un poderoso señor que, con un cuerpo pequeño e invisible, realiza las cosas más divinas.»

Escepticismo ontológico y epistemológico

Gorgias fue uno de los primeros en cuestionar la posibilidad de alcanzar una verdad absoluta. Su tratado «Sobre lo que no es» muestra cómo el lenguaje puede ser utilizado no solo para expresar ideas, sino también para desmontar las afirmaciones de otros. Este escepticismo lo aleja de los filósofos presocráticos, quienes buscaban una verdad universal, y lo acerca al relativismo sofístico, según el cual la verdad depende del contexto y del punto de vista del sujeto.

El relativismo moral

Aunque Gorgias no trató explícitamente la moral, su énfasis en el poder persuasivo del lenguaje y en la construcción de argumentos sugiere una visión relativista de la ética. La retórica, al permitir que cualquier posición sea defendida, pone en cuestión la idea de una moral universal.

Influencia y crítica

Gorgias fue admirado por su habilidad como orador y por su innovación en la retórica, pero también fue criticado por filósofos como Platón. En el diálogo Gorgias, Platón utiliza al personaje de Gorgias como representante de la sofística para contrastarlo con Sócrates, quien defiende la búsqueda de la verdad sobre el uso manipulador del lenguaje.

A pesar de estas críticas, la influencia de Gorgias fue profunda. Su enfoque sobre el lenguaje y el escepticismo influyó no solo en la retórica, sino también en la filosofía posterior. Fue una figura clave en el desarrollo de la idea de que el lenguaje no solo describe la realidad, sino que también la construye.

Hipias de Elis (segunda mitad del siglo V a.C.)

Natural de Elis, se destacó en diversas disciplinas, encarnando el ideal enciclopédico de conocimiento. Propuso una educación integral que abarcara todas las ciencias y artes. Sostenía que la «ley natural» debería prevalecer sobre las leyes civiles, abogando por la igualdad de todos los hombres sin distinción de clase o nacionalidad.

  • Pródico de Ceos (c. 432 a.C.)

    Nacido en Ceos, fue discípulo de Protágoras y rival de Gorgias. Famoso por su habilidad en la distinción de sinónimos, promovió el esfuerzo personal y adoptó una visión pesimista sobre la vida, considerando que todo bien requiere esfuerzo y trabajo. Introdujo el «mito de Hércules en la encrucijada», donde se elige entre la virtud y el vicio.

  • Trasímaco (siglo V a.C.)

    De Calcedonia, sostuvo que «la justicia es lo que conviene al más fuerte». Es decir, que la ley y la moral no son más que manifestaciones de la fuerza de quienes gobiernan. Para Trasímaco, el poder y la dominación son los verdaderos valores, y los dioses solo existen como un medio de control social.

  • Calicles

    Personaje del diálogo Gorgias de Platón, sostiene ideas similares a Trasímaco. Para él, la única ley es el derecho del más fuerte, y la justicia tradicional es una convención que sirve a los débiles.

  • Critias (c. 460-403 a.C.)

    Critias fue un aristócrata ateniense y primo de Platón, además de discípulo de los influyentes pensadores Gorgias y Sócrates. Sin embargo, en lugar de adoptar la filosofía moral socrática, Critias se interesó por la sofística como medio de aprendizaje para dominar el arte político. Al igual que Alcibíades, abandonó a Sócrates cuando creyó haber aprendido lo suficiente, considerando que la retórica y el pragmatismo político eran más útiles que la ética para alcanzar el poder. Critias mostró una marcada inclinación por el sistema espartano y una fuerte aversión hacia la democracia ateniense, lo que se tradujo en su apoyo a un gobierno oligárquico. Con un carácter violento, comenzó a involucrarse en la política hacia el año 415 a.C. y en 407 fue encarcelado y desterrado por el escándalo de la mutilación de los Hermes, un episodio de profanación que estremeció a Atenas. Posteriormente, en el gobierno de los Treinta Tiranos, participó junto a Carmides, el tío de Platón. En 403 a.C., falleció en combate a manos de Trasíbulo, quien lideraba la resistencia democrática.

    Además de su actividad política, Critias cultivó una faceta literaria, destacando en géneros como la poesía y el drama. Escribió hexámetros, elegías, constituciones (Πολιτεία) y diversas tragedias, entre ellas Tennes, Radamanto, Piritoo y Sísifo. En esta última obra, presentó una de sus ideas más polémicas: la invención de los dioses como una herramienta política. Critias sostenía que la creencia en los dioses fue una invención creada para infundir temor y asegurar que los ciudadanos cumplieran las leyes. Su pensamiento político y ateo sostenía que los dioses no tenían una existencia real, sino que eran una construcción diseñada para mantener el orden social. Con esta postura, Critias proponía una visión secular y racionalista que no atribuía a los dioses ni a la fortuna la responsabilidad de la decadencia de Grecia, sino a las propias faltas y errores humanos.

  • Antifón de Adramitio (c. 480 – c. 411 a.C.)

    Nacido en Ceos, fue discípulo de Protágoras y rival de Gorgias. Famoso por su habilidad en la distinción de sinónimos, promovió el esfuerzo personal y adoptó una visión pesimista sobre la vida, considerando que todo bien requiere esfuerzo y trabajo. Introdujo el «mito de Hércules en la encrucijada», donde se elige entre la virtud y el vicio.
    Defensor del derecho natural, contrasta la naturaleza, fundamento del derecho natural, con las leyes de la ciudad, que son convencionales e impositivas. En su obra Sobre la Verdad, afirma que la verdadera justicia se basa en la ley natural. Antifón defendió la igualdad y fraternidad entre todos los hombres y consideraba la armonía interior como el mayor bien.

    El pensamiento de Antifón y la visión de Michel Onfray convergen en su rechazo al ascetismo moral y a los ideales abstractos propuestos por filósofos como Platón. Ambos piensan que la felicidad y el bienestar radican en la satisfacción de los deseos naturales y la autonomía del individuo frente a las estructuras de poder que imponen normas artificiales. En este sentido, Onfray ve en los sofistas como Antifón una crítica moderna al idealismo filosófico que pone el cuerpo y los placeres en el centro de la vida buena.Antifón fue uno de los filósofos más importantes de la sofística, un movimiento que se destacó por su enfoque crítico sobre la moralidad tradicional y la naturaleza de la verdad. A diferencia de otros pensadores contemporáneos, como Sócrates y Platón, que buscaban verdades universales y absolutas, Antifón propuso una visión más pragmática y relativista de la vida humana. La obra de Antifón ha sido estudiada a lo largo de los siglos, y recientemente ha sido objeto de reflexión por filósofos contemporáneos, como Michel Onfray, quien ofrece una interpretación crítica de su pensamiento.

 

Antifón de Adramitio (c. 480 – c. 411 a.C.) fue uno de los filósofos más importantes de la sofística, un movimiento que se destacó por su enfoque crítico sobre la moralidad tradicional y la naturaleza de la verdad. A diferencia de otros pensadores contemporáneos, como Sócrates y Platón, que buscaban verdades universales y absolutas, Antifón propuso una visión más pragmática y relativista de la vida humana. La obra de Antifón ha sido estudiada a lo largo de los siglos, y recientemente ha sido objeto de reflexión por filósofos contemporáneos, como Michel Onfray, quien ofrece una interpretación crítica de su pensamiento.

1. Antifón: El Sofista de la Naturaleza y la Convención

Antifón fue uno de los sofistas que desafió la concepción tradicional de la moral y la verdad. Su pensamiento se articula principalmente en torno a la distinción entre la ley natural (physis) y la ley convencional (nomos). Según Antifón, las leyes y normas sociales son construcciones humanas, mientras que la naturaleza es un principio absoluto e inmutable que define la verdadera manera de ser del ser humano. Esta distinción le permitió ofrecer una crítica a las convenciones sociales y a las leyes impuestas por las ciudades-estado griegas, que, según él, eran artificiales y a menudo contrarias a la verdadera naturaleza humana.

  • Physis vs. Nomos: Antifón sostiene que la verdadera libertad solo puede alcanzarse al vivir de acuerdo con la naturaleza, alejándose de las normas sociales que limitan la expresión del individuo. Las leyes humanas, en su opinión, son restrictivas y a menudo falsas, ya que no reflejan la verdadera naturaleza humana, que es más egoísta y orientada al placer y la autoconservación.
  • El Hombre y la Naturaleza: A diferencia de los filósofos idealistas como Platón, que pensaban que el ser humano debía aspirar a alcanzar el Bien universal a través de la razón, Antifón veía la naturaleza humana como una entidad más pragmática, enfocada en la satisfacción de las necesidades físicas y en la autodefinición, lejos de las restricciones sociales.

2. Michel Onfray: La Reivindicación del Epicureísmo y la Crítica a Platón

Michel Onfray, filósofo francés contemporáneo, ha abordado la filosofía antigua con una mirada crítica hacia las figuras clásicas como Platón, y en particular hacia la visión de la moral y la virtud que Platón desarrolló. En su obra La vulgaridad del bien, Onfray critica duramente la tradición filosófica que, según él, se aleja de los placeres y las necesidades inmediatas del cuerpo en favor de un idealismo abstracto.

Onfray ve en figuras como Antifón una alternativa al pensamiento platónico, ya que los sofistas, como Antifón, destacaron por su visión materialista y hedonista de la vida humana. Mientras Platón propugnaba la pureza del alma y el ascetismo moral, Antifón y otros sofistas adoptaron una postura más realista, donde la satisfacción de los placeres y el bienestar físico son la base de la vida buena.

  • Crítica a Platón: Onfray considera que Platón, al igual que los grandes filósofos idealistas, ignoró la importancia de la experiencia sensorial y las necesidades materiales del ser humano. En lugar de proponer una visión abstracta y ética del «Bien», los sofistas como Antifón reconocen la importancia de las realidades terrenales, la necesidad de vivir según los principios de la naturaleza y la importancia de la autonomía personal frente a las estructuras de poder impuestas por la sociedad.
  • El Cuerpo y los Placeres: Onfray se inspira en el hedonismo de los filósofos como Epicurio y, por tanto, también ve con simpatía las ideas de Antifón en cuanto a la importancia de la satisfacción de los deseos naturales. Para Onfray, la felicidad radica en la satisfacción de los placeres físicos y emocionales de manera equilibrada y racional, y no en la renuncia o en la persecución de ideales abstractos.
  • La Filosofía Materialista: Onfray, al igual que Antifón, defiende una filosofía materialista en la que el cuerpo y sus necesidades juegan un papel central. Esta visión contrasta con el enfoque idealista de filósofos como Platón, que concepciona el alma como separada del cuerpo y busca una verdad trascendental más allá de la experiencia inmediata. Onfray rechaza esta dicotomía cuerpo-alma y aboga por un enfoque que vea al ser humano como una totalidad, con un énfasis en la satisfacción de las necesidades materiales y el bienestar físico.

3. La Relevancia de Antifón en el Pensamiento Contemporáneo: La Herencia de los Sofistas

Michel Onfray, al valorar el pensamiento de los sofistas, se aleja de la tradición filosófica que tiene a Platón como pilar central. Para Onfray, los sofistas como Antifón representan una forma de filosofía pragmática que se ocupa de las realidades cotidianas y de la naturaleza humana tal como es, sin idealizaciones ni aspiraciones a un más allá. La crítica a Platón y a la moral cristiana, que Onfray considera una forma de opresión del cuerpo y de los placeres, lo lleva a revisar positivamente a filósofos como Antifón, que rechazan la autoridad de la ciudad-estado y las normas sociales que limitan la libertad individual.

En este sentido, Antifón se presenta como una figura de resistencia frente a las ideas que, a lo largo de la historia de la filosofía, han subestimado o ignorado las necesidades del cuerpo, el placer y la autonomía personal.

«Los discursos dobles» (Δισσοί λόγοι)

Esta obra, escrita hacia el 400 a.C. por un discípulo de Protágoras, es un tratado de relativismo que expone varias paradojas relacionadas con la subjetividad de valores como el bien, el mal, la justicia y la injusticia. En este texto, se argumenta que las categorías morales y éticas son relativas, ya que lo que es beneficioso o justo para una persona puede ser perjudicial o injusto para otra. El autor utiliza ejemplos concretos para ilustrar su punto, como la relación entre la salud y la medicina: un alimento que es bueno para una persona sana puede ser perjudicial para una persona enferma; la enfermedad es negativa para quien la padece, pero beneficiosa para el médico que ofrece tratamiento. Esta obra refleja el escepticismo y la ambigüedad ética propios de la sofística tardía, planteando que las verdades universales no existen, sino que dependen del contexto y de la perspectiva de cada individuo.

Otros sofistas de menor relevancia
El último periodo de la sofística también contó con pensadores de menor relevancia, como los hermanos Eutidemo y Dionisiodoro de Quíos, discípulos de Antístenes, y Eutifrón, quien fue satirizado por Platón en el diálogo que lleva su nombre. Asimismo, destaca el poeta Eveno de Paros. Estos pensadores llevaron la retórica y la erística, el arte de la disputa, a un extremo que Platón y otros críticos consideraron como pura palabrería vacía. La retórica se transformó en una herramienta de formulismos sin contenido genuino, y la erística degeneró en una dialéctica superficial que ya no buscaba la verdad ni el conocimiento, sino simplemente la victoria en el debate.